Mi viaje por la fotografía 2 (Un año después)

Llevaba sin escribir un año. Desde mi última entrada han pasado muchas cosas, y he tenido la suerte de que casi todas han tenido que ver con la fotografía. Terminé mi TFM, el tribunal me puso una buena nota y me apunté a un curso con el colectivo Underphoto llamado “Otra Historia”. En aquel momento no tenía mucha idea, aparte del trabajo que había realizado, de cómo llevar a cabo un proyecto fotográfico. No sabía nada de visionados, convocatorias, festivales, ferias, fotolibros (de verdad, no catálogos).

Hacer cosas que no conozco es algo que me pone bastante nervioso, sobretodo cuando es con personas que nunca he visto. También me costaba aceptar las críticas negativas iniciales, pero durante este último año he aprendido a mejorar este aspecto y a plantearme las críticas como preguntas que me tengo que hacer sobre mis proyectos. En ocasiones sacan a la luz todos los problemas que hay dentro de la obra, en otras, puede que no hayas podido explicar bien lo que querías contar y las críticas parece que van destinadas a un proyecto muy diferente al que estás presentando. Anyway, mi visión de la fotografía y sus entresijos ha cambiado mucho en el último año.

Desde el verano de 2016 he hecho el curso de Underphoto, estoy trabajando en el proyecto que comencé durante el curso, que trata sobre mi relación con Murcia (aunque está en pausa, sigue adelante); comencé un proyecto de 365 con una cámara de fotografía instantánea que empezó siendo una reflexión sobre el instante fotográfico y ha ido evolucionando cada mes con un nuevo referente; sigo trabajando en un proyecto con Adela que consiste en una conversación a través de imágenes por instagram; viajamos a Japón en abril de 2017, me compré una contax y un montón de fotolibros y empecé otro proyecto sobre “Hanami” (la festividad en la que los japoneses ven la floración de los cerezos para celebrar el inicio de la primavera); fuimos a un visionado en Photoalicante con el proyecto de las fotos instantáneas; estuve en el festival de la fotografía de Arles, el más importante de europa, si no del mundo, y allí conocí a Yumi Goto, Gabriela Cendoya, y muchas personas más relacionadas con la fotografía y los fotolibros; actualmente estoy seleccionado para un curso con Yumi Goto y Juanan Requena en Getxophoto sobre cómo hacer fotolibros.

Este ha sido mi viaje por la fotografía en el último año y ha sido apasionante. Estoy muy orgulloso de lo que he conseguido durante este año, de lo que he aprendido y del camino que he emprendido.

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La fotografía y el viaje (mi viaje por la fotografía)

Isaac rompiendo el hieloÚltimamente me estoy planteando bastante mi relación con la fotografía. Estoy escribiendo la memoria de mi trabajo de fin de máster, que trata sobre la narración de la experiencia a través de la fotografía. Es muy probable que hayáis visto pequeños fragmentos de la obra, pero hasta ahora no había hablado de dónde viene todo ese lío que me he montado con doscientas fotografías, textos y mapas.
En la parte teórica he intentado poner en claro cómo he llegado a este punto, y plantearme por qué fotografío y qué significa para mí pulsar el obturador (qué me hace pulsar el obturador). No voy a copiar y pegar el texto del trabajo porque no creo que sea necesario y porque no está acabado aún, pero sí quería compartir lo que he ido descubriendo durante este máster.
Con los trabajos realizados me he dado cuenta de que fotografío, como muchos otros, para conocerme a mí mismo. Que me interesa la fotografía documental y familiar porque me parece honesta, bonita y me ayuda a mantener el vínculo con los que están lejos. Me gusta fotografiar los viajes porque me ayuda a poner en claro la exploración que he llevado a cabo en los mismos, y a fijar las sensaciones del viaje de alguna manera. Como explica Roland Barthes en “la cámara lúcida”, fotografío aquello que me punza, y al revisar esas fotografías, no solo veo las formas de lo que capturé, sino que recuerdo aquello que me pasaba por la cabeza cuando hice la fotografía.
También he descubierto que me gustan las series de fotografías porque conllevan relaciones invisibles y visibles que hacen que signifiquen mucho más que una sola de ellas, porque abren el campo y añaden matices las unas a las otras. Fotografiar me ayuda a recordar y también a olvidar, a mostrar una visión determinada de mi existencia a los demás y a mi mismo. A contar historias y facilitar procesos personales que no se solucionar de otra manera.
Y vosotros, ¿Por qué fotografiáis?

De la ampliadora a la impresión de fotografías digitales

O cómo decidí que quería ver mi obra en papel en lugar de en pantallas

Cuando empecé a hacer fotografías en serio lo hice con la ayuda de una cámara réflex analógica heredada (secuestrada) que mi padre había comprado allá por los 70-80. Durante los primeros años de la carrera, los carretes los llevaba a revelar al laboratorio, me daban copias de 10×15 y todo iba bien…

Y entonces en tercero, en la asignatura de fotografía, nos enseñaron a revelar carretes y hacer ampliaciones analógicas.

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Pura alquimia. El proceso es complejo, y no creo que sea este el momento de explicarlo (hay mil cursos de fotografía analógica donde lo harían mejor), pero la sensación de satisfacción que se queda al introducir un papel en una cubeta, menearlo un poco y ver cómo aparece nuestra imagen es difícil de describir. Durante ese curso conseguí traerme desde Motril la ampliadora que tenía mi padre y, en un cuarto de baño que “no se usaba” monté un cuarto oscuro para revelar mis fotografías.
Al terminar el curso, no se si al año siguiente o poco después, conseguí una réflex digital, una 350D. Las fotografías, técnicamente, eran mejores, podía hacer más sin gastar tanto dinero en carretes, papel, líquidos y tiempo, pero esa sensación se había perdido un poco. Y así pasaron los años, casi diez ya, en los que, si de las fotografías analógicas había sacado en papel el 70%, de las digitales no tuve en mis manos más del 5% si me apuras. En casa no tenía álbumes de fotografías, todo lo que hacía se quedaba en los discos duros, la pantalla y algunas se subían a redes sociales, flickr o aquí. Había llegado a un punto en el que necesitaba alquimia.

En 2015 hice una selección de todas las fotografías digitales que tenía (20.000 aproximadamente) y escogí unas 2.000 que quería conservar en papel. Con un pendrive lleno de fotos me acerqué a una tienda y, tras tres días saliendo fotos de sus máquinas, me dieron 5 paquetes que yo metí en sendos álbumes que viven en mi estantería desde entonces. Y tuve algo de satisfacción, mucha satisfacción al hacerlo, pero era como cuando llevaba los carretes a revelar y aun me faltaba algo.

Y me puse a mirar impresoras. Soy bastante quisquilloso y no me gustan las cosas que duran cuatro días y no ofrecen satisfacción. En el pasado había sacado alguna foto en “laboratorios/imprentas” que, por utilizar tintas muy baratas, ya no tienen el mismo color que tenían cuando las hice. Tenía claro que quería una impresora de tintas pigmentadas que sacara fotos a un tamaño decente, pero tampoco demasiado grande.

No soy Andreas Gursky

Uno de los motivos principales que justifican la compra es el de poder aprender a imprimir mis propias fotos, además de que, ya que me iba a gastar un buen dinero en sacar las doscientas y pico fotos para el TFM (se me ha ido un poco de las manos, pero bien), bien podía absorber parte del gasto teniendo una herramienta para seguir vendiendo mis fotografías. En el proceso de instalación y primeros pasos con la impresora ya he aprendido cómo hacer perfiles de papel nuevos (gracias a Keith Cooper y su web donde encontré bastante información al respecto). También he comprado papeles a precio de tela de la india bordada en oro, que por otro lado tiene la misma apariencia cuando imprimes una buena foto, todo hay que decirlo.

Y ha vuelto la magia, vuelvo a sentir esa sensación de satisfacción cuando le doy al botón de imprimir y la impresora traga papel y va saliendo la fotografía poco a poco.

Posdata: Tengo una tienda para que los que viven en España puedan comprar mis fotografías. De momento, como no me he hecho asquerosamente famoso ni estoy muy sobrado, tienen unos precios asequibles para hacer un regalo o para colgarlas en vuestra propia casa si os gustan.

Memorias pausadas o el sofá interruptor

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Memorias Pausadas es un proyecto de videoarte que realicé dentro del máster en producción y gestión artística en el que estoy. Esta obra pretende ser una reflexión acerca de la atención del espectador para con la obra, concretamente cuando se trata de obras audiovisuales. Los vídeos, proyecciones y demás recursos expositivos temporales suelen caracterizarse por una independencia del espectador, siendo este un actor secundario en el desarrollo de la obra. En la mayor parte de los casos, cuando encontramos un vídeo con unos cascos, podemos verlo un rato y si nos interesa, quedarnos de pie hasta que acabe, pero si seguimos nuestro camino, el vídeo no se para, no existe una interacción entre espectador y obra.  Con Memorias pausadas pretendo dar algo más de poder al espectador sobre la obra, haciendo que su atención sirva de algo y que el vídeo no quede hablando al vacío de la sala.
La instalación consiste en un sofá que modifiqué para hacer que, al sentarse en él, se activara la reproducción de unas entrevistas sobre la vida y los recuerdos de mis abuelos. Además del sofá, se ha utilizado una placa MakeyMakey y el programa Processing para la parte de código e interacción con el vídeo.

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Conferencia de Ricky Dávila: Fotografía y Visión personal.

La podéis ver en tvum

En su conferencia del día 21 de Abril de 2016, Ricky Dávila habló sobre fotografía, viajes y cómo enfrentarse a proyectos personales (o al menos cómo lo hace él). Mostró sus proyectos fotográficos sobre Manila, sus reportajes de 1990-2000 y algunas fotografías de su último trabajo a medio camino entre fotografía y poesía titulado “Todas las cosas del mundo”. Su fotografía es eminentemente documental y recuerda a la de García Alix, William Klein y en algunos casos a Bruce Gilden, aunque como él mismo dice en la conferencia, es un documental subjetivo.
Hace poco leía un libro sobre un estilo o género narrativo japonés llamado Shishosetsu, traducido al español como yo-novela, aunque la traducción del término deja mucho que desear. En el libro, titulado “The rethoric of confession”, Edward Fowler explica en qué consiste el estilo, una especie de narración autobiográfica de ficción, pero que no deja de tener relación con la vida del autor. Durante la conferencia, no dejaba de venirme a la cabeza esta referencia, sobre todo cuando Ricky Dávila mencionó la idea del documental subjetivo, idea a la que me suscribo. Como Dávila, no creo que exista la fotografía documental objetiva, ya que cada uno escoge qué encuadrar y cómo hacerlo. Cada uno narra su propia experiencia documental y es el espectador de la misma el que debe contrastar y poner distancia para “intentar” conseguir algo de objetividad.

Taller con Pepe Miralles

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Durante los días 14, 15 y 16 de Marzo tuvo lugar en la facultad de Bellas Artes de la UM, dentro de las actividades del Máster en gestión y producción artística que estoy realizando, un taller con el artista y profesor de la UPV Pepe Miralles. El taller, de nombre “Prácticas activistas (posiblemente en extinción) de las últimas décadas del siglo XX”, comenzó tratando las prácticas de grupos como Act Up, aunque pronto surgieron temáticas relacionadas con la facultad y una acción llevada a cabo por alumnos de máster sobre una pared que la facultad había ofrecido a los alumnos de la facultad para ser intervenida a discreción. El segundo día del taller se habló de los “ombligos ontológicos” y la necesidad de una presencia en la red que sea consecuente con la obra y el propio artista. Durante el tercer día del taller, los alumnos del máster compartimos los proyectos que llevamos a cabo y nuestras líneas de investigación, generando una discusión a partir de los mismos.

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Un Atlas de Babel

Hace mucho que no escribo en el blog. Lo tengo bastante abandonado, pero he tenido razones (creo o me gusta engañarme de esta forma) para no escribir. Durante este curso estoy haciendo un Máster en la Universidad que me ha consumido el poco tiempo libre que me dejaba el trabajo. También adoptamos un perro que es alérgico y se lleva una hora y pico al día entre sacarlo, llevarlo al veterinario, etc. Dejé de jugar a videojuegos y me centré en los estudios y el trabajo.

Hoy venía a hablar de una serie de proyectos que llevo entre manos que he ido presentando a distintas asignaturas del máster, pero con la ambición de sacar algo más que la nota. Una de ellas es el Atlas de Babel, una página web que he creado con la ayuda de Miguel de Costa “Miki” (sin su habilidad como desarrollador no habría llegado a ningún sitio). El concepto que quería transmitir era el de la navegación por el álbum personal o familiar, teniendo en cuenta los vínculos que se establecen entre las diferentes fotografías y traducir esto al formato de la red, estableciendo esos vínculos de la misma forma que se producen en la web. Utilizando las etiquetas, cada fotografía se conecta con otras que tienen las mismas etiquetas. Mientras que con un álbum personal, en el que se organizan las fotografías cuando las vamos pegando o introduciendo en las hojas, en el álbum digital la organización ya no se da por cuándo ponemos las fotos o dónde las colocamos, sino por las etiquetas que le damos, los metadatos que tiene. Del álbum familiar me gustaba también la idea de que no nos paramos a ver todas las fotografías del mismo cada vez que lo vemos, haciendo cada visionado del mismo diferente. Al hacer la navegación por el Atlas de Babel aleatoria, se llegaba al mismo efecto y cada viaje por el álbum es diferente. Éste proyecto irá evolucionando, ganando complejidad e iremos mejorando y retocando las funcionalidades de la página, añadiendo más imágenes y generando un Atlas mucho mayor.

En la próxima entrada hablaré del otro proyecto importante que he preparado, también relacionado con el álbum de familia.