Exterior noche

Esta historia es de hace 5 años, no tiene nada que ver con Frasin, José, Irene o el resto, pero ya que decidí no subir nada nuevo de ellos, iré poniendo otras historias.

Por estas escaleras pasan cada día montones de personas, algunas van demasiado deprisa para ver los escalones y caen. Otras, simplemente van, y hay un tercer tipo de personas que se deleitan con cada escalón que pisan. Finalmente hay un cuarto tipo, pero esos son los que no terminan de subir o de bajar las escaleras, y se sientan a ver que pasa; estos son los que ahora nos interesan.

Lo que ahora tiene lugar es lo ocurrido la noche anterior en esas mismas escaleras, en el tercer escalón. Era una noche bastante oscura, más de lo normal. Era tarde, muy tarde, pero se podía oír desde hacia un rato un llanto, una especie de oración, pero nada religioso, eso estaba claro. La luna no estaba presente, solo esa chica, triste, allí tirada sobre el tercer escalón de unas escaleras demasiado grises. A estas horas ni pasaba gente, ni tenían la intención de hacerlo en un buen rato. Lo que era llanto se fue convirtiendo poco a poco en silencio. Entonces de una ventana cercana se empezó a escuchar un blues, ligero, casi inaudible, pero muy oportuno. Una de las manos de la chica triste salió de debajo de su cara, dando vida a unos dedos que empezaron a bailar sobre el cemento de la escalera, en el tercer escalón, al ritmo de ese blues lento  y hermoso. Esos dedos bailaban mientras la cabeza de la chica seguía inclinada sobre el otro brazo, quieta y callada. El blues seguía sonando, los dedos seguían bailando. Todo seguía. Entonces a los dedos se unieron los pies, que marcaban el ritmo desde el escalón numero 5. Todo lo demás quieto, y el blues. Las lágrimas antes calladas empezaron a brotar, pero esta vez sin llanto, una mezcla de alegría y tristeza que te deja paralizado todo el cuerpo menos los dedos y los pies. Lágrimas porque si, lágrimas por el amor, que nunca está ahí cuando lo necesitas, y lágrimas por la soledad, que siempre le pertenecerá, a la chica de dedos ligeros y al blues de esa ventana cercana. En definitiva, lágrimas. Los dedos ligeros entran de nuevo bajo la cabeza, por un instante parece que no van a volver a salir, los pies también paran, y la música se pierde bajo el canto de las sirenas. Poco a poco y como si de algo que ha de durar la eternidad se tratase, los dedos van saliendo, el canto va cesando, y hay unos pies que empiezan a moverse de nuevo. Los dedos abarcan el tercer escalón, otros dedos, cerca, se agarran al segundo escalón, y un cuerpo se eleva despacio. Los pies paran un momento. Los primeros dedos secan lágrimas de la mejilla derecha, los segundos, de la izquierda, y los pies empiezan de nuevo a marcar el ritmo cuesta abajo por las escaleras grises. Poco después la música se va perdiendo por las callejuelas como los pies y los dedos de la chica que dejó sus lágrimas en unas escaleras que antes no eran grises.

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