Lobo

(Como últimamente no tengo mucho tiempo, os dejo esto que escribí hace un par de meses)

Roberto vivía en una pequeña casita en las montañas, era una cabaña hecha de madera casi negra. Cuando nevaba, pocas veces al año, el paraje se convertía en una especie de bunker, Roberto había hecho una apertura en el techo de la casa para emergencias. Detrás de la casa había un pequeño jardín de vegetales que Roberto cuidaba con gran esmero. Tenía gallinas y algunos conejos para comer algo diferente de vez en cuando. Normalmente cazaba por el monte, aderezándolo todo con hierbas y bayas. Raras veces bajaba de la montaña. En los meses de verano iba a veces al lago, aunque le llevaba casi una hora y media llegar allí. Las vistas eran preciosas y el agua del lago le sentaba muy bien. También aprovechaba para pescar un rato entre baño y baño.

Ese día de agosto fue a nadar por la mañana. Tumbado en una roca, mientras se secaba, estuvo pensando en pescar algo para la cena y el día siguiente. Las carpas a la brasa estaban muy buenas con un poco de romero y sal. Más o menos a las dos de la tarde abrió su mochila y comió un poco de cecina con pan de nueces. Después de comer se volvió a vestir y emprendió el camino de vuelta a casa.

Al llegar a la cabaña vio que una de las gallinas no estaba, la verja estaba rota y manchada de sangre. Vaya fastidio. Durante el resto de la tarde estuvo arreglando la valla y puso algunas trampas por si el animal que había atacado a las gallinas volvía. Roberto se quedó hasta tarde en las sombras, esperando que apareciera el depredador.

Sentado en la oscuridad del porche Roberto escudriña el bosque. Tiene todos los sentidos puestos en el entorno, sólo se oían algunos grillos y chicharras. Se centra en los ruidos inesperados, omite los grillos, las gallinas, los conejos, y empieza a escuchar el bosque. Las piñas que caen de los árboles, el movimiento de una rama que de repente se parte y cruje, pisadas.

Apenas a tres metros de la cabaña empieza el bosque de pinos, que es negro y oscuro incluso en verano. Los ojos de Roberto, desde la oscuridad, se clavan en los huecos que dejan los árboles. Los brillos de los ojos del lobo aparecen delante, mirándole fijamente. Echa mano a la cuerda de las trampas con cuidado y tensa los músculos del brazo, listo para capturar al depredador.
El animal mide la distancia hasta el hombre, pasa entre los arbustos con sigilo mientras enseña los dientes. Las gallinas empiezan a hacer ruido, asustadas, pero Roberto se queda quieto, sujetando la cuerda. El lobo salta hacia él con la boca abierta y Roberto tira de la cuerda cuando las patas del animal tocan el suelo. Atrapado, el lobo cae sobre la tierra y el hombre lo ata del cuello y lo mete con dificultad en la jaula de los conejos, que ahora estaban con las gallinas. Era un lobo joven, de pelaje gris, bastante fuerte para la edad que parecía tener. Con un candado cerró bien la jaula y se fue a dormir, pensando qué hacer con el animal para que no se comiera todas sus gallinas. Durante toda la noche estuvo aullando y quejándose, mordiendo la madera para intentar salir de la jaula.

A la mañana siguiente Roberto se levantó pronto y dio de comer a las gallinas. Después de eso salió al monte y cazó un ciervo no muy grande. Luego lo llevó a la cabaña y lo desolló, lo limpió y despiezó. Cogió una de las patas del ciervo y la puso delante de la jaula donde estaba el lobo. Con cuidado abrió el candado y luego la puerta de la jaula mientras sujetaba la cuerda atada al cuello del lobo. El animal estaba bastante cansado de intentar escapar y salió despacio de la jaula. Se acercó a la pierna del ciervo y olisqueó un poco, luego, mirando de reojo a Roberto la mordió y empezó a comérsela. Roberto se acercó un poco y el lobo gruñó, él se quedó quieto un rato, luego siguió acercándose más despacio. Le quitó al animal la cuerda del cuello y se apartó con cuidado. Estuvo vigilando al lobo hasta que terminó de comerse la pierna de ciervo y se marchó con el hueso hacia el bosque.

A la mañana siguiente dejó otro trozo del ciervo cerca del bosque para el lobo. Hizo esto durante unos cuantos días, acercando el pedazo de carne cada vez más a la casa. Roberto esperaba junto al pedazo a que apareciera y se sentaba frente al lobo mientras éste comía. Siguió así hasta que un día no puso ningún trozo de carne en la puerta. El lobo empezó a rascar la puerta y hacer ruidos para que Roberto le pusiera un trozo de carne nuevo. La puerta se abrió y el hombre salió y se puso delante del lobo, que ya había crecido un poco, se agachó y le acarició el lomo, y luego cerró la puerta y echó a andar hacia el bosque. El lobo le siguió de cerca.

Entre los árboles Roberto se tumbó con el rifle, esperando que pasara algún ciervo. El lobo miraba al hombre allí tumbado y luego miraba hacia donde estaba apuntando. No veía nada. Al rato el lobo se agachó, se metió entre los arbustos y emitió un leve gemido para alertar a Roberto, un gran ciervo estaba comiendo bayas de los arbustos junto al río. Roberto se levantó con cuidado y le hizo una señal al lobo para que fuera hacia el ciervo. El animal se empezó a mover sigilosamente hacia el ciervo, que seguía comiendo. Cada uno por un lado de la presa, el hombre y el lobo se acercaban cada vez más, hasta que Roberto empezó a moverse más rápido. Entonces el lobo salió corriendo y se abalanzó sobre el cuello del ciervo, mordiendo con todas sus fuerzas. Roberto se acercó a la presa y le ató las patas para poder llevarla a casa. Como era muy grande y no podía llevar tanto peso él solo tuvo que despiezarla allí mismo y hacer varios viajes hasta la cabaña. El lobo se quedaba junto al cadáver del animal esperando que Roberto tuviera que hacer el último viaje.

El lobo se hizo amigo del hombre, que le construyó una caseta para que el animal pudiera dormir abrigado. Roberto salía a cazar con el lobo a menudo, le daba la mitad de lo que conseguía al animal y secaba parte de la carne para el invierno. Siguió viviendo así hasta que un día el lobo se fue al bosque y no volvió.

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