Un relato puede que ya publicado

92º
La luna flota en el cielo nocturno similar a un globo blanco gigante. Se escuchan algunos grillos y el fluir de un riachuelo cercano, a los pies. El generador del hangar emite un zumbido leve, pero lo suficiente para saber que está allí. El dorso de la mano izquierda acaricia el césped artificial con un cigarrillo apagado entre los dedos. Frasin no nota nada, la mano derecha tontea con el cuello de una botella de bourbon, su abuelo bebía vodka, de la madre patria, a ella le venía dando igual. A través de la cúpula artificial la luna parece mucho más grande que en el espacio. Agarra el cuello de la botella y la arrastra hasta los labios, la eleva y el bourbon brota, derramándose parte fuera de la boca. Tose, casi se ahoga con ese último trago. Deja la botella y mete la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el mechero y encender el cigarrillo. Intenta incorporarse pero no puede, y se lo enciende de lado.
Mira el reloj, no sabe cuánto tiempo lleva allí tendida, pero teniendo en cuenta que la botella estaba casi vacía cuando salió, tenía que haber sido hace bastante rato. No puede recordar la hora que era. Con el cigarro en la boca intenta levantarse. Se apoya en una mano y resbala, dándose un golpe en el hombro y la cadera. Se queda tendida, mirando al cielo y escuchando ese mundo artificial. Está demasiado anestesiada y cansada como para intentar levantarse de nuevo. Apura la botella y levantando la cabeza mira al rio. Con un gesto torpe lanza el envase de cristal al agua, se hunde con un ruido grave y desaparece. Mira hacia el hangar, se le nubla la vista, aquello esta demasiado lejos como para plantearse caminar o arrastrarse hacia allí en aquel momento. Su abuelo había construido aquel hangar, “el gran Atomsk Mederit”, y ella lo había heredado. Nadie sabía dónde estaba el viejo desde hacía varios años, podría estar muerto o vivo, perdido seguro. Da una calada al cigarro y se le queda atascada, de repente se gira para vomitar, se mancha la camiseta y parte del brazo. Se vuelve a tumbar, pensativa y borracha. Finalmente se quita la camiseta y, levantándose con dificultad y mucho cuidado, se acerca al rio y se mete dentro. No es un rio profundo, de hecho, tiene que tumbarse en el lecho para que el agua la cubra por completo. Se limpia el brazo y el pelo. El agua está muy fría y se le pone la carne de gallina. La chica se queda sentada en el riachuelo, calada hasta los huesos, mareada, hasta que se da cuenta de que se está quedando dormida. Entonces sale del rio y camina hasta la camiseta, la agarra y la limpia un poco en el agua. En ese momento piensa en el origen de esa agua, el rio era artificial, o al menos eso parecía, no había mucha agua corriente “limpia” en el mundo. Tampoco se había planteado a dónde iba esa corriente, no es que le importase mucho, seguramente Atomsk habría puesto allí ese rio para regar las plantas que rodeaban el hangar. Había varios tipos de árboles cuyos nombres no recordaba en ese momento, verdes y grandes, también había cañas de azúcar, muy ricas. Y otras plantas.
Frasin se arrastra como puede hasta el césped y se vuelve a tumbar, con la camisa en la mano. Poco a poco se le van cerrando los ojos y queda dormida. Los grillos y el zumbido del generador cesan.

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